Aventuras de inversión en mercados emergentes

La joya de África

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África ha sido una región de interés para nuestro equipo por muchas razones. Se podría decir que el mayor activo de África es su población joven. Con una edad media de menos de 20 años en muchos países en la actualidad, un gran porcentaje de la población africana depende de la mano de obra adulta. No obstante, esto significa que en el futuro la mano de obra será masiva, y que la proporción dependientes/trabajadores (la proporción de dependencia) podría estar entre las más bajas del mundo. Esta enorme y joven población es una justificación clave para nuestro interés en la región. Pese a que las economías en África se están diversificando y proporcionando muchas oportunidades para las nuevas poblaciones, el sector de recursos mineros/naturales sigue siendo una industria y fuente de empleo clave. Los diamantes son uno de los recursos del continente que más vale la pena seguir explorando. Lea más acerca de invertir en África en mi última publicación: “Invertir en África: Conceptos erróneos y realidades”.

Los diamantes no son solo “los mejores amigos de una mujer”: son uno de los muchos tesoros de recursos naturales en África. Codiciados y polémicos, los diamantes se extraen de minas en varios países africanos, como Angola, Botswana, República Democrática del Congo, Namibia y Sudáfrica, y representan una parte fundamental de estas economías. Utilizados en joyería, en la industria y como reserva de riqueza, los diamantes son gemas cuya demanda no veo evaporarse en ningún momento a corto plazo.

Los científicos estiman que los diamantes comenzaron a formarse hace más de tres mil millones de años. La durabilidad de los diamantes es reconocida desde la antigüedad. Incluso la palabra “diamante” deriva del término griego adamas, que significa inflexible o irrompible.

Producción global de diamantes

La producción minera global de diamantes ha estado rondando los 120 – 170 millones de quilates (un quilate es igual a 200 miligramos) por año en los últimos años, por un valor aproximado de US$13.000 millones.[1] Se espera que antes de 2020 la demanda alcance los 192,7 millones de quilates, por un valor aproximado de US$22.400 millones.[2] Aunque Rusia se ha convertido en una fuente importante de diamantes, el negocio de los diamantes es particularmente importante en África, donde genera alrededor de US$8.500 millones al año.[3] Botswana es un país productor importante, y los diamantes desempeñan un gran rol en su economía, ya que actualmente representan más de un tercio de su PIB.[4] Botswana cuenta con algunas de las minas de diamantes más grandes del mundo, y el sector ha dado un gran impulso a uno de los países más pobres de África. En el sur de  África, alrededor de 38.000 personas trabajan en el comercio de diamantes.[5]

En los últimos 25 años, las ventas mundiales de diamantes y joyas con diamantes se han triplicado. En comparación con el valor de US$13.000 millones de diamantes en bruto sin cortar en las minas, se calcula que el valor anual de las joyas con diamantes que se venden en todo el mundo se encuentra entre los US$60.000 y 80.000 millones,[6] incluido el costo de los diamantes, metales preciosos y otras gemas utilizados para producir las joyas con diamantes.

Las minas de diamantes no son fáciles de encontrar. La probabilidad de que una empresa de exploración encuentre un depósito de diamantes es apenas del 1% al 3% de todas las pruebas de perforación. Desde el descubrimiento inicial hasta la preparación de la valoración económica y la obtención de licencias puede llevar de tres a cinco años. Luego, el diseño y la construcción de la mina pueden llevar de tres a cinco años más. No es de sorprender que los mayores márgenes de ganancias se obtengan a nivel de minería, dado el alto riesgo y gasto del desarrollo de una mina de diamantes.

Quilates y castigos

Más de un cuarto de millón de minoristas venden joyas a consumidores de todo el mundo, e Internet ha abierto nuevos mercados con mayor transparencia de precios. ¿Por qué las personas compran diamantes? Todos sabemos que un elemento clave es el sentimiento para expresar amor así como para dar un obsequio, pero muchos también consideran que los diamantes son un refugio seguro de riqueza. En tiempos de crisis, son fáciles de transportar y generalmente conservan su valor. Cuando el zar ruso y su familia fueron asesinados por los bolcheviques en 1918, se encontraron diamantes cosidos en las fajas y ropa interior de la esposa y las hijas del zar.

La minería y el comercio de diamantes comenzaron hace 1.000 años cuando los comerciantes llevaban piedras en bruto desde India a Medio Oriente, donde se cortaban, pulían y vendían a la realeza y la aristocracia europeas. En ese momento, India era el principal proveedor de diamantes. A partir del siglo XVI, aproximadamente, surgió la minería de diamantes a gran escala en el antiguo reino de Golconda, situado a unos 11 kilómetros al oeste de la actual Hyderabad. Las minas en la región produjeron algunos de los diamantes más famosos, incluidos el diamante de la Esperanza, el Ojo del Ídolo, Koh-i-Noor y Darya-ye-Noor. Hacia el siglo XVIII, el suministro de diamantes de India se agotó y Brasil se convirtió en un proveedor importante. Posteriormente, Brasil fue desplazado por el sur de África. En 1869, comenzó una fiebre de diamantes en Kimberley, Sudáfrica, cuando un pastor encontró un diamante enorme de 83,5 quilates.

No es de sorprender que en los últimos años, el corte y pulido de diamantes se haya trasladado a Asia desde otros países, especialmente a India, Tailandia, Sri Lanka y China. En Estados Unidos, cortar una piedra cuesta alrededor de $100 por quilate, mientras que en la India cuesta entre 10 y 30 dólares[7]. India es ahora el centro de corte de diamantes más importante del mundo, y cuenta con 800.000 cortadores en actividad. Por lo tanto, la industria se encuentra en expansión en muchas economías de mercados emergentes, incluso en aquellas en las que no se llevan a cabo actividades de minería.

En la década de 1990, el problema de los “diamantes de sangre” amenazó a la industria de estas piedras debido a que los ejércitos rebeldes de algunos países africanos comenzaron a financiar sus conflictos armados con la venta de diamantes en bruto sin cortar de las minas locales. En 1998, Global Witness, una organización no gubernamental, publicó este acontecimiento con particular énfasis en África.

Para abordar el problema, las empresas de producción de diamantes comenzaron a trabajar con Naciones Unidas para impedir que los diamantes se utilizaran para la guerra. En 2000, la Asamblea General de la ONU adoptó una resolución para respaldar la creación de un sistema de certificación internacional de diamantes en bruto. Varias empresas formaron el Consejo Mundial del Diamante, que implementó el Proceso Kimberley en 2002, un programa de certificación mediante el cual los países que producen diamantes debían certificar el origen de los diamantes sin cortar y que no estuvieran relacionados con ningún conflicto. Pese a que no era perfecta, la idea era impedir que los “diamantes de sangre” entraran en la cadena de suministro legítima de diamantes, de modo que solo los diamantes certificados con un certificado emitido por el gobierno pudieran importarse o exportarse. En la actualidad, el Proceso Kimberley cuenta con 54 miembros en representación de 80 países. Según el Proceso Kimberley y Naciones Unidas, se estima que prácticamente todos los diamantes vendidos actualmente provienen de fuentes no relacionadas con ningún conflicto[8]. Para realizar un mayor control del comercio, el Consejo Mundial del Diamante ha desarrollado un sistema de garantías para ampliar la certificación del Proceso Kimberly de diamantes pulidos a las tiendas minoristas en todo el mundo. El mercado de diamantes ilegales (aquellos no certificados según el Programa de certificación del Proceso Kimberley) sigue siendo significativo, pero al menos los consumidores tienen cierto grado de garantía respecto del origen de sus compras.

Puede resultar sorprendente que solo alrededor del 30% de los diamantes extraídos de minas tiene calidad de gema y se utiliza para joyería, y el 70% restante se utiliza para aplicaciones industriales. Alrededor del 95% de los diamantes de uso industrial son sintéticos (fabricados artificialmente). Se necesitan millones de dólares de reactores especiales de alta tecnología para producir diamantes sintéticos, lo que hace que sea más costoso crear que extraer un diamante natural de una mina. Según algunos expertos, el costo de extraer un diamante natural incoloro es de entre 40 y 50 dólares por quilate, mientras que el costo de producir un diamante transparente sintético con calidad de gema es de alrededor de US$2.500 por quilate.

Creo que los diamantes siempre constituyen un objeto de fascinación especial para las personas en todo el mundo, y no se espera que el deseo de poseer hermosos diamantes disminuya a corto plazo. Quizás lo más importante es que el uso práctico de los diamantes en la industria está bien establecido. Nuestro equipo de mercados emergentes se ha mostrado interesado en el potencial de África en este sector, y consideramos que muchos países en el continente deben continuar beneficiándose de la continua demanda de este “vidrio con actitud”.

Información legal importante

Las inversiones en el sector de recursos naturales conllevan riegos especiales, que incluyen la susceptibilidad a los acontecimientos económicos y normativos adversos que afectan al sector.


[1] Fuente: Consejo Mundial del Diamante. www.worlddiamondcouncil.org, www.diamondfacts.org

[2] Fuente: Bain & Company, “The Global Diamond Report 2013.” Utilizado con la autorización de Bain & Company. www.bain.com

[3] Fuente: Consejo Mundial del Diamante, www.worlddiamondcouncil.org, www.diamondfacts.org

[4] Fuente: Índice de Libertad Económica de 2013, The Heritage Foundation.

[5] Fuente: Consejo Mundial del Diamante www.worlddiamondcouncil.org, www.diamondfacts.org

[6] Fuente: Bain & Company, “The Global Diamond Report 2013.” Utilizado con la autorización de Bain & Company. www.bain.com

[7] Ibid.

[8] Fuente: Naciones Unidas, 2011.

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